domingo, 4 de noviembre de 2012

Diario de una vida en Madrid 16. Monstruos de Madrid



Son sombras que muchas veces me persiguen, ahora me ahogan, no puedo respirar. Mis ojos se contienen, lloran desesperanza. Volver a la rutina, a ver que esto no debería ser así. Buscar la felicidad. Mirar alrededor y no encontrar más que espejismos. Me miran, aparto la mirada, me siguen mirando. El corazón me late cada vez mas rápido, no puedo, insisten, se abalanzan sobre mí, vuelan sobre el aire caliente, sobre este terrible hedor de marea humana. No llego, no insisto, no quiero seguir aquí. Quiero huir.
No me importa mojarme y menos la maleta. Que se empapen mis ideas y caigan al suelo, sucias, desteñidas.
Seguramente me verán como un fantasma de imagen difusa. No importa, yo me sigo mojando bajo el cielo de Madrid.
Y esta calle es subir, subir y seguir subiendo.

martes, 18 de septiembre de 2012

Espejismos

¿Ves esa chica que camina dando la vuelta a la esquina? Es aquella que triste se fue, tarde fue su despedida.

Me la encontraba cada día y cada día era un sinfín de despedidas. Cada noche yo acudía en su búsqueda si me llamaba. Nunca la vi sonreír, quizá yo tampoco la hacía muy feliz. Me contaba lo mucho que echaba de menos su pelo, su boca y su almohada. Tampoco esperaba mucho de esa persona que un día la dejó abandonada.

“Pobre chica”, me decía. Y en mi mente solo se agolpaban imágenes de tu recuerdo, de tu huída. Sin mirarme a los ojos, sin una palabra, lo dijiste todo. Te abalanzaste sobre el viento procurando ser sincero mas solo una palabra dijo que ya era suficiente. “¡Para!”. Otra vez vienen a mi mente tus ojos que cada tarde me ponían tan nerviosa que yo miraba al suelo. O al cielo. Recuerdo lo que era aquello. Tocar tu pelo es estar como en el cielo. Y tras él, vino el infierno. El infierno de no volver a verte, de quizá en cuatro años. De catorce días invisibles, imposibles al recuerdo.

En ese momento, mi espalda crujía, mis músculos se tensaban y yo no podía dormir. Echaba de menos tu cama, tu espalda que me protegía. Tan solo pensaba en el poder y no querer. En la estela de promesas rotas. ¿Tal vez? Tal vez no fue querer, fue pretender hacer del mundo un lugar posible para ser capaces. Hábiles, eternos frente al viento. Indestructibles, soportando cada tempestad, cada mala palabra que de mi boca salía.

Ahora veo a esa chica frente a mí, trata de sonreír bajo el disfraz de eterna melancólica. Ahora, con los ojos entrecerrados, veo su recuerdo porque está tatuado en mi piel. Solamente abro los ojos y me veo a mí. Esa soy yo... frente a un espejo.

¿Tarde para qué?

Nunca es tarde, o eso creemos. O, tal vez, eso nos decimos.
Pensamos que un día todo cambiará y, sin embargo, lo único que cambia es el tiempo. El tiempo en el que nos movemos, el tiempo en el que las nubes se van y dejan salir al sol.

Aquí siempre está lloviendo. No sé si es por sistema o tal vez por falta de sutileza en los actos de los que no soy capaz. De girar la cabeza atrás, de ver ese tiempo pasado que, seguramente, un día será demasiado recíproco para que nos veamos envueltos en él.

La vida. Ese girar constante. De experiencias, de magnitud cero, de vueltas y vueltas en una noria como si de un rompecabezas se tratara.
Otra vez esa ventana, esas vistas a la gran ciudad, del mundo paralelo al que estamos sometidos. Otra vez ese ajetreo constante que para mí no es otro que tranquilidad. Paz. De ideas difusas o más bien confusas. De histeria, de gritos ahí afuera. De pitillos ajustados, de cigarros ml apagados. Y el cenicero se llena, se sigue llenando. Más. Y parece que rebosa, que va a reventar de silbidos varios, de angustias encerradas en un cuerpo del que no sale.

Perder las ganas, el miedo, la tristeza, la melancolía. Sacar a flote la alegría y poder gritar que ya eres libre. Libre para decidir con qué acabar, cómo terminar. Terminar en exceso, en silencio y en reposo, con mil corazones rotos. Con mis sentimientos ahí fuera, volando de gota en gota, de pared contra pared, de sillón frente a sillón.

Dejar ir. Estar. Ser o no ser. Creer, apostar, ganar, luchar. Y otra vez vuelta a empezar. Las cientos de excusas que se han quedado en el camino, las miles de promesas que nunca nos concedimos. El instante en el que fuimos capaces de ser todo. Y esto… esto tan solo son cuatro palabras.

miércoles, 13 de junio de 2012

No estoy aquí porque huyo

Es un día raro. No como aquellos que me gustan. Un cielo ruin, lluvioso y con ruido. Mucho ruido. En mi cabeza, en las pisadas de este cuerpo recorriendo la casa. No trato de hacer una mera descripción de cuatro o cinco fotografías que tengo sobre mi mano porque roza ya lo absurdo.
Dije que volvería y aquí estoy. No encuentro mis lápices de colores y, quizá, tampoco esa barra de labios rosa que tanto me gustaba. ¡Ah, si, claro! La perdí aquel día en la discoteca. Esa noche en la que el alcohol fue mi único amigo cuando en realidad necesitaba cuatro besos y recibí catorce tragos amargos de algún tipo de bebida mala de marca blanca de supermercado.
Invierno. Ya pasó, y la primavera está llegando a su fin. He aprendido a ser mejor. Mido lo mismo que hace un año pero como persona he crecido. No trato de explicar todo lo malo que he vivido ni tampoco lo bueno que he experimentado. "¡Qué de bobadas juntas!", me digo. Otra vez estas frases sin sentido. Pero, lo siento, no lo puedo evitar. "no soy tú, sino yo". No puedo evitar recordar los trazos de un pasado de doscientos y pico días de lluvia y sol.
Quizá todo sería más fácil si ahora mismo estuviera caminando por la playa y la arena acariciase mis pies. Con el mar en los talones, escribí sobre ese lienzo un gran "te quiero" dibujado. No sirvió de nada. Se lo llevó la marea, como siempre. Lo borró el agua cristalina de las olas. No me importa, fotografié ese momento, ese lugar. Traté de que fuera eterno y, sin embargo, ya no sigue ahí. Simplemente queda el eterno recuerdo de mis pisadas, de mis dedos esbozando palabras.
Junio, frío junio de un año equivocado. No debí haber venido hasta aquí. Ahora, como siempre, huyo. "¡Vaya!-pienso- Por fin huimos los dos de lo mismo". Huimos del atardecer eterno en medio de un patio silencioso, de las tardes de jardín mientras el viento resopla en nuestras nucas, de los paseos que no llevan a ninguna parte. Huimos de todo, de nada. En realidad, huyo de ti y tú huyes de mí.

sábado, 28 de abril de 2012

Diario de una vida en Madrid. Excusas

Con cuántas personas me cruzo sin saber quiénes son. Los coches inquietos, las luces de los semáforos que no paran de parpadear.
¿Y si con una de estas personas estoy destinada a ser feliz, a hacerme un hueco aún mas grande en esta eterna ciudad?
Personas que tienen prisa, que la lluvia arruina sus planes y a mi me los embellece.
Otra parada de metro, pero esta vez no voy por el subsuelo. Voy pisando la tierra firme.
Calle virtudes. Las virtudes que cada persona deberia resaltar en sí misma, porque todos, aunque solo sepamos contar nuestros defectos, tenemos cientos de virtudes.
Otra vendedora ambulante que me para para que compre su periódico. "Lo siento, tengo prisa", le respondo. Para mí es solo otra de mis excusas, para ella es la excusa de siempre.
Camino por esta gran calle hacia abajo, es grande. Grande y espaciosa, no como en mi ciudad.
Adorar esta ciudad es poco, cada uno de sus movimientos, de sus bancos estáticos, de las personas que corren de un lado a otro sin saber a dónde van..adoro esta ciudad.
Aquí no tengo recuerdos pasados, solo recuerdos presentes.
Estoy llegando a mi destino pero no me quiero detener. Quiero seguir por estas calles y seguir conociendo la ciudad donde se cumplen todos mis sueños.
He conseguido poco a poco hacer esa canción mía, la que tantas veces pensé que no conseguía. Ya es mía.
Decido seguir a alguien, sus pasos, observar. En el semáforo me coloco a su lado y miro hacia otra parte.

jueves, 5 de abril de 2012

Que llueva mucho

Aún sigo siendo de las que cree que la lluvia es solo un pretexto para permanecer más tiempo anhelando el beso de quien va a tu lado. Una excusa para sentir su piel más cerca.
La lluvia es el motivo perfecto. Que llueva.

Viernes de dolor: 30 de Marzo de 2012

Creí que sería distinto cuando te volviera a ver. Sin embargo, fuiste uno más. Fuiste uno más de aquellos que anhelaban mi ser, que creían profundamente en mí, que adoraban aquello que creían ver.
Y estabas frente a mí. Te sonreí e hiciste como que no me habías visto hasta ese momento. Nuestras mejillas se rozaron procurando no traspasar ningún límite. Todo había cambiado.
Habían pasado cinco meses desde aquel adiós y solo dos desde aquel tortazo que nos dimos contra la pared.
Era de noche, hacía frío, pero no tanto como nuestros sentimientos. Frío. No podía volver a sentir calor si me hablaban de ti.
Las lágrimas se abalanzaron sobre mi cara y no me dejaban respirar. Me encharcaron el corazón de agua y dolor por saber que tú no estás.
Estaba frente a un desconocido, frente a alguien que no eras tú. Te dije las cuatro palabras más tontas procurando oír la ansiada respuesta, "¿qué tal te va?". Y otra vez mis oídos oían respuestas que no querían, así que decidieron no escuchar.
Te diste la vuelta y yo caminé hacia el frente procurando no volver a verte. Tú caminabas hacia atrás y yo hacia delante. Cuántas cosas habían cambiado desde entonces, ¿no es verdad?
Me dijeron que te habían visto en un callejón acariciando el cuello a otra chica. Mi mundo se derrumbó. Caí, procurando recoger todos los pedazos de mi cuerpo, mente y corazón. Se había destruido. La realidad había querido mostrármelo exactamente hoy. Y, ¿quién era yo? Una engañada más en brazos de otro con cuatro copas recorriendo mi sangre ya envenenada por aquellos besos tuyos.
Yo ya no era tuya, tú ya no eras mío. Lo teníamos que haber sabido antes, pero aún seguíamos engañados, negando lo innegable. Negando que mi tiempo ya no es tuyo. Negando que nuestros caminos nunca más se van a volver a juntar.