jueves, 4 de agosto de 2011

Niebla, Miguel de Unamuno

Lejos de los calificativos que le han sido dados (atendiendo a éstos como ‘loco’), a Miguel de Unamuno se le puede considerar un filósofo del siglo XX. O por lo menos lo es para mí.

He de reconocer que no he leído la mayoría de sus obras y escritos pero no es necesario hacerlo para sacar la vaga conclusión de lo que es, una persona inteligente.

Basta observar cómo, con impecable pulcritud, dialoga con sí mismo a través de los personajes creados.

Niebla es el último libro que he podido disfrutar de este autor.

Profundiza sobre los valores de la vida, el amor, la muerte, Dios, la filosofía.

A través del amor, Unamuno se adentra en el misterio de descubrirlo, de seguir los impulsos del corazón que, como una fuerza invisible, llevan al protagonista de la ‘’nivola’’ a la parte más ínfima de la locura.

Un tipo de locura que desarrolla el personaje que le arrastra hasta tal punto de querer rebelarse contra el autor, preguntándose si está vivo, muerto o es un simple producto de la imaginación de Unamuno. Entre ellos, mantienen un diálogo al finalizar la historia para poder llevar a buen término el desenlace del libro. El protagonista, al enterarse de lo que el autor pretende hacer con él, se rebela contra éste provocando, a su vez, un diálogo filosófico entre ellos.

Unamuno nos relata las taras del propio ser humano, la indecisión y la pérdida del tiempo buscando lo que no sabemos que tenemos delante de nosotros mismos.

Desde Aristóteles hasta Kant, pasando por Sócrates o Platón; Unamuno realiza un recorrido por la filosofía de estos aplicándola a la forma de vivir de Augusto Pérez, el protagonista.

No olvida mentar a Cervantes y Don Quijote y el lector puede equiparar la situación de locura que viven ambos personajes pero en diferentes épocas y por diferentes motivos.

Una vez más, el escritor narra una historia armoniosa, con un léxico que le hubiera donado el fidedigno sillón de la Real Academia de la Lengua Española.

Inconfundible su símbolo sobre la Creación del Hombre, sobre esa fuerza todopoderosa que controla y maneja nuestro destino a su antojo. Sigue, en este libro, mostrando su incapacidad por comprender que haya un ente superior al Hombre que decida libremente el transcurso de la vida aunque, a pesar de todo ello, se considere seguidor de Dios.

Unamuno consigue embelesar y enganchar al lector desde la primera frase de su libro hasta la última, obteniendo así el reconocimiento de éste.

Un hombre que, personalmente, considero como único en pensamiento con el cual puedo sentirme identificada. Que, a pesar de vivir ambos en épocas distintas, sigue predominando el sentimiento con el que plasma lo que es la aventura de vivir, el amor, los miedos, la inseguridad, el miedo por no creer, los entresijos de la vida y la muerte.

Sin duda alguna, uno de los escritores inmortales de la literatura española es Miguel de Unamuno.

Uno más pero sin una sonrisa

A veces me dan ganas de tirar esa llave, esa maldita llave que tantas promesas encerraba. Tirarla por la ventana y que vaya muy, muy lejos y que no regrese. Olvidar todo aquello que aún, como un candado, encierra.
Es entonces cuando me doy cuenta de que no es el momento de abandonar, que a veces hay algo que merece la pena por lo que luchar.

martes, 2 de agosto de 2011

Soliloquio


De repente, una extraña sensación se apodera de mí. Quiere que grite, que llore, que ría..que sonría.
Qué extraño. Hacía mucho tiempo que no me sucedía algo así.
Ni tan siquiera recuerdo cuando fue la última vez.
Aún estoy consternada porque no sé cómo abordar esta situación.
¿Qué hacer? Dispongo de tanto tiempo que, como un preso al salir en libertad, sólo quiere correr, estirar las piernas y respirar el aire profundo que resbala sobre su pelo.
Podría pasar una tarde viendo películas en las que, un héroe recorre miles de kilómetros para salvar a su amada esposa. O, tal vez, escuchando melodías que no atraviesen mi cabeza y permitan resplandecer esta turbia tarde de verano.
Pero no, no es eso lo que me apetece, ni tan siquiera bailar ni saltar. Sólo necesito algo de paz.
Paz... qué tan extraño vocablo del que sólo me acuerdo pocas veces al año.
Tranquilidad, sosiego, profundidad, armonía, serenidad.
¿Por qué no habré disfrutado de ello tantas veces en la vida? ¿Por qué limitarme a un día?
Resulta aún extraño y llevo conviviendo con esta paz varios minutos. Nunca pensé que sería tanto.
Y si lo pienso, aún es más el suave recorrido por mi piel que deja un escalofrío.
No estoy acostumbrada a esto.
Me invita a que vaya al parque, a que me siente sobre el regazo de un pardo asiento y compartir varias horas con unas páginas repletas de descifrables frases que asemejen una historia contada bajo las copas de los castaños.
Y navegar hacia un mundo que no existe, que es imaginario, pero que en mi mente puedo palpar.
Es anestesiante esta paz. Aún me confunde.
Cuántas veces he esperado este momento en trescientos sesenta y cinco días y hasta hoy no lo he adivinado.
¿Por qué esperar tanto para disfrutar de los pequeños placeres? Ahora lo pienso y juzgo. Demasiado rápido recorre el ser humano su vida, tanto que eso no es vivir.

L'amour...toujours?

No te das cuenta de que se ha terminado hasta el mismo momento en el que, una por una, repasas todas vuestras fotografías juntos y te das cuenta de que nada volverá a ser lo mismo, a ser lo de antes.
Cuando poco a poco van cayendo de tus ojos y sobre tus mejillas lágrimas que recorren tu piel en carne viva, que se asfixia de dolor. Y de repente estás llorando, no puedes más. Lloras, lloras y lloras. Pero sabes que no va a solucionar nada, que él está lejos y no te oye, ni tan siquiera te ve.
Y es entonces cuando te arrepientes de cada error, por mínimo que fuera y piensas que todo hubiera sido distinto si no hubieras cometido pequeñas estupideces que, aunque él dice que no, sabes que fueron culpa tuya.
Pero nadie, nadie ni tan siquiera él van a poder hacerse una idea sobre lo feliz que fuiste.
¿Por qué fuimos tan felices? Porque juntos no fuimos 'SS' por separado, fuimos sólo UNO.
Probablemente preguntarás qué haces por las noches, cuando parecen eternas y que la luna no brilla. Creerás que he olvidado cada recoveco de tu cuerpo, cada caricia de tus labios o la textura de tus manos. Pero me acuerdo... me acuerdo de todo aquello como si fuera la primera vez que los tocara, como si nunca tuviera fin, como si siguieras abrazado a mí. Tan pegado a mí...
Yo te esperaré, nos sentaremos juntos frente al mar y de tu mano podré caminar. Aunque se pase toda mi vida yo te esperaré.
Sé que en tus ojos todavía hay amor y tu mirada dice 'Volveré'.

lunes, 1 de agosto de 2011

Presunto dolor de la tristeza.

Hasta el momento no me había dado cuenta de que cada paso que daba era en falso. De que cada vez que miraba hacia atrás tan sólo añoraba el recuerdo que ya no estaba. De que, una vez, no busqué pero encontré la felicidad que abarcó cada parte de mi ser durante algo que se asemejó a la eternidad.
Sin embargo (cuántas veces digo 'sin embargo' y, en cambio, nunca le sucede algo de lo que poder jactarse), la rutina hizo inútiles los vagos pensamientos, se adentró dentro de mi persona y me instó a vivir una vida que, cómodamente, no era la que yo quería vivir.
Yo quería escapar, vivir muy lejos, HUIR. Pero nunca llegué hasta el punto necesario para comprender que retroceder no era sino avanzar, que las únicas ganas que me habían propuesto caminar, pasito a pasito, eran las de ver un nuevo amanecer junto a la felicidad.
Y aquí estaba yo, entera y eterna entre flores ya marchitas, entre los resquicios de un amor sin fin. Me iba enfriando, me iba apartando, me iba ubicando entre el miedo y la soledad.
La soledad que me acompañaba desde hacía unos cuantos días y que no se apartaba de mi lado, decía que no me dejaría sola.
Mientras, yo impasible, titubeaba con miedo en busca del recuerdo imaginario que ya no tenía, que debía haber olvidado entre tantos libros que tan viejos parecían.
El horror de pensar lo prohibido, la traición de sentirme vacía.
Yo seguía caminando, ahora ya la soledad me había dejado su testigo.
¿Dónde me ubico si no es mi sentido? Común, tan común como complejo, tan irrisorio como airoso sale de cualquier situación.
Pero ahora, ¿adónde debería dirigirme, guiar mis pasos?
Miedo, me atormenta y me acobarda.
De fondo, oigo una triste melodía, esa que alejándose entona la alegría compartida del perfume de un amor en vano que ya no abarca la pureza de un buen día.
Pero aquí, en mi círculo donde nadie puede entrar, ese que tan precintado está, no hay nadie... tan sólo el aire y yo.

La felicidad del tiempo soñado





Lo primero de lo que uno se olvida es de la voz. Esa melodía que resuena en nuestras cabezas pero que, tras no escucharla durante poco tiempo, se esfuma y debemos inventarla.
Más tarde, comienzas a evacuar de tu memoria los rasgos físicos, esos ojos, las manos que tantas veces han sujetado a las tuyas, su figura inconfundible...
Cuando el amor camina a través de tiempo por sendas distintas se olvidan muchas cosas. Demasiadas cosas.
Pero hay algo de lo que uno no se olvida nunca en la vida: de lo feliz que fuiste con esa persona. Eso es lo único que perdura en nuestra memoria, la felicidad del tiempo soñado.