domingo, 13 de noviembre de 2011

Diario de una vida en Madrid. 6. Palacio de Oriente

Me siento en un banco de piedra blanca caliza intentando buscar algo de relajación para este intenso fin de semana que ya ha terminado.

La brisa acaricia mi pelo dejando una suave sensación y una leve sonrisa en mi rostro.

Oigo un rugido procedente del cielo y alzo la vista.

Grisáceo sobre mi cabeza, me cercioro de que va a llover. Adoro la lluvia, sus gotas cayendo sobre mi ropa.

Parejas abrazadas, niños que corretean por este inmenso patio adornado con una fuente, grupos de estudiantes que caminan admirando el esplendor de un palacio que se levanta frente a mis ojos… y luego yo.

En un extremo del suelo arenoso, me distraigo escribiendo sobre un mapa de metro mis pequeños pensamientos.

Ha caído una gota, y al lado, una hoja que recorre las baldosas de este suelo arenoso.

El murmullo de la fuente acompaña mi ansiado retiro y me hace sentir que, aquí, en este nublado domingo, puedo estar alejada un rato del constante ritmo frenético de Madrid.

Pienso en cómo he llegado a parar aquí. Es bonito, majestuoso el Palacio de Oriente. Se alza sobre mí dibujando protección y anhelo de libertad.

Está lloviendo. Me resguardo bajo un gran árbol de los jardines de Sabatini.

De repente, imagino en el balcón de su cuarto piso a una triste princesa varios siglos atrás, anhelando la presencia de su amado y reclamando libertad. Tiene todo, desde lo más alto se puede contemplar Madrid, pero no encuentra la felicidad.

No sé cómo he acabado deteniéndome en tan remoto pensamiento pero eso demuestra que desde aquí, desde este banco en un extremo de Madrid, cualquier historia es posible.

Los pájaros están sobrevolando tan grandioso edificio. Ya ha dejado de llover.

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