lunes, 10 de diciembre de 2012

No hace mucho tiempo...


En realidad, yo ahora debería estar estudiando y puede que me exceda más de cinco minutos escribiendo esto, pero hay personas que se merecen más tiempo que 3.000 segundos. Ella es una de esas.


Esta es la persona que ha compartido más momentos de mi vida conmigo. No me acuerdo exactamente de cómo nos conocimos, pero sí me acuerdo de todos y cada uno de los momentos que hemos vivido juntas.




Hace dieciséis años la conocí. Por entonces, tenía el pelo que le rozaba el hombro y llevaba flequillo. En la lista de clase, ella iba detrás de mí. No sé cómo fue, pero nos hicimos inseparables. Éramos pequeñas, muy pequeñas, pero cada recuerdo que se agolpa en mi mente sobre esos momentos juntas, es como si lo estuviera viviendo ahora, desde la misma perspectiva, sin que nada haya cambiado. Ella era como si fuera una mitad de mi cuerpo, una extensión del mismo. Era como esa mano que me ayudaba a levantarme cuando me caía en la arena del patio, como esa pierna que me ayudaba a correr cuando los chicos jugaban a perseguirnos, como esa oreja que escuchaba atentamente, como esa mitad de la boca que se reía con cada tontería… Y como esa mitad que le faltaba a mi corazón para saber que si ella se iba, perdía una parte de mí. Era eso que, comúnmente, todo el mundo llama “mejor amigo”.

A lo largo de mi vida he tenido muchas “mejores amigas”. Cada una ha sido totalmente distinta, me ha aportado sentimientos y sensaciones diferentes. Sin embargo, con ninguna he sentido esa sensación de vacío al darme cuenta de que está a kilómetros de mí. Ni tan siquiera estábamos lejos cuando nos cambiamos de colegio. Las cartas eran nuestro medio para comunicarnos. Las tonterías más variadas se pueden hallar en ellas pero tonterías que, al fin y al cabo, unen. Por aquel entonces (y de eso hace mucho tiempo), éramos “Pisaloquesigue” y “Pisoloquesigue”… y ahora nos reímos de “aquellos años locos”. Nos reímos de cuando nos peleábamos por saber cuál de nosotras acabaría con Bustamante, de cuando jugábamos a que teníamos aparato, de cuando no nos gustaba llevar “top” y nos sentíamos rebeldes, de cuando nos creíamos las “guays”… Y, a pesar del tiempo, nos seguimos riendo ahora por distintas cosas.

El tiempo pasó. Crecimos indistintamente en colegios diferentes, nuestros círculos no eran los mismos. A veces, nos encontrábamos y era un “hola, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo!” muy triste… Por entonces, yo recordaba todo lo que habíamos sido y me daba cuenta de que el tiempo es traicionero. Un día estás en lo más alto y, al día siguiente, caes precipitadamente al vacío. Y eso había pasado con nuestra amistad. Momentos importantes de la adolescencia no los vivimos juntas. El tiempo nos había separado sin nosotras darnos cuenta. Cada una tenía una rutina distinta, un físico distinto, modos diferentes de ver la vida  y distintos objetivos.

Un día, la vida nos quiso volver a juntar. No fue hace mucho de aquello. A un tímido “hola” le sucedieron muchas palabras. Ahora yo tenía que sacar, casi con pala, lo que ella sentía, lo que había vivido en tantos años separadas. Me costaba que me contase las cosas, pero yo quería que ella volviese a ser una parte de mí. Me emocionaba la idea de que otra vez volviésemos a compartir aventuras. Seguía siendo distinto, pero me importaba mucho. Era verla y, en realidad, ver otra vez a aquella niña con la que tantas aventuras había compartido. Lo intenté durante muchos meses volver a ganarme su confianza, su cariño. Y, en efecto, no me confundía: en realidad nunca se habían ido esos sentimientos de su corazón.


Volvimos a ser las de antes. Mayores, pero las de antes. Habíamos cambiado mucho, la vida nos había transformado. Ya no éramos Pisaloquesigue y Pisoloquesigue. Ahora éramos Little S y Little C. La vida nos volvió a dar otra oportunidad. Gracias.

El tiempo pasa, cambia a la gente, la transforma, la aparta, la hace cambiar su punto de vista, la hace más dura la mirada… Pero, a pesar de todo, a pesar de lo perdido, de todo lo vivido… El tiempo da segundas oportunidades.
Otra vez dos caminos distintos. Ahora, caminos separados por miles de kilómetros. Pero esta vez no va a pasar, no volverá a pasar. Somos adultas, ya no somos unas niñas (aunque de corazón, sí). Las segundas partes no tienen por qué ser siempre malas. No tiene por qué existir una tercera parte, la segunda no se ha ido.


GRACIAS por cada momento juntas. GRACIAS por las cosas que me has enseñado. GRACIAS por hacerme ver lo que es luchar por la amistad. GRACIAS por todas nuestras risas. GRACIAS por las sonrisas que me has sacado. GRACIAS por darme fuerza cuando tú no tenías. GRACIAS por hacerme ver lo mejor de mí. GRACIAS por defenderme hasta el final. GRACIAS por seguir siendo como eres, sin cambiar. GRACIAS por hacerme ver que no todo es ni blanco ni gris, que hay intermedios. GRACIAS por decirme las cosas como son, tal cual son. GRACIAS por seguir teniendo el espíritu que hace muchos años hizo que nos volviéramos inseparables. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS… Son pocos GRACIAS para los que te mereces.

GRACIAS, AMIGA.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Diario de una vida en Madrid 16. Monstruos de Madrid



Son sombras que muchas veces me persiguen, ahora me ahogan, no puedo respirar. Mis ojos se contienen, lloran desesperanza. Volver a la rutina, a ver que esto no debería ser así. Buscar la felicidad. Mirar alrededor y no encontrar más que espejismos. Me miran, aparto la mirada, me siguen mirando. El corazón me late cada vez mas rápido, no puedo, insisten, se abalanzan sobre mí, vuelan sobre el aire caliente, sobre este terrible hedor de marea humana. No llego, no insisto, no quiero seguir aquí. Quiero huir.
No me importa mojarme y menos la maleta. Que se empapen mis ideas y caigan al suelo, sucias, desteñidas.
Seguramente me verán como un fantasma de imagen difusa. No importa, yo me sigo mojando bajo el cielo de Madrid.
Y esta calle es subir, subir y seguir subiendo.

martes, 18 de septiembre de 2012

Espejismos

¿Ves esa chica que camina dando la vuelta a la esquina? Es aquella que triste se fue, tarde fue su despedida.

Me la encontraba cada día y cada día era un sinfín de despedidas. Cada noche yo acudía en su búsqueda si me llamaba. Nunca la vi sonreír, quizá yo tampoco la hacía muy feliz. Me contaba lo mucho que echaba de menos su pelo, su boca y su almohada. Tampoco esperaba mucho de esa persona que un día la dejó abandonada.

“Pobre chica”, me decía. Y en mi mente solo se agolpaban imágenes de tu recuerdo, de tu huída. Sin mirarme a los ojos, sin una palabra, lo dijiste todo. Te abalanzaste sobre el viento procurando ser sincero mas solo una palabra dijo que ya era suficiente. “¡Para!”. Otra vez vienen a mi mente tus ojos que cada tarde me ponían tan nerviosa que yo miraba al suelo. O al cielo. Recuerdo lo que era aquello. Tocar tu pelo es estar como en el cielo. Y tras él, vino el infierno. El infierno de no volver a verte, de quizá en cuatro años. De catorce días invisibles, imposibles al recuerdo.

En ese momento, mi espalda crujía, mis músculos se tensaban y yo no podía dormir. Echaba de menos tu cama, tu espalda que me protegía. Tan solo pensaba en el poder y no querer. En la estela de promesas rotas. ¿Tal vez? Tal vez no fue querer, fue pretender hacer del mundo un lugar posible para ser capaces. Hábiles, eternos frente al viento. Indestructibles, soportando cada tempestad, cada mala palabra que de mi boca salía.

Ahora veo a esa chica frente a mí, trata de sonreír bajo el disfraz de eterna melancólica. Ahora, con los ojos entrecerrados, veo su recuerdo porque está tatuado en mi piel. Solamente abro los ojos y me veo a mí. Esa soy yo... frente a un espejo.

¿Tarde para qué?

Nunca es tarde, o eso creemos. O, tal vez, eso nos decimos.
Pensamos que un día todo cambiará y, sin embargo, lo único que cambia es el tiempo. El tiempo en el que nos movemos, el tiempo en el que las nubes se van y dejan salir al sol.

Aquí siempre está lloviendo. No sé si es por sistema o tal vez por falta de sutileza en los actos de los que no soy capaz. De girar la cabeza atrás, de ver ese tiempo pasado que, seguramente, un día será demasiado recíproco para que nos veamos envueltos en él.

La vida. Ese girar constante. De experiencias, de magnitud cero, de vueltas y vueltas en una noria como si de un rompecabezas se tratara.
Otra vez esa ventana, esas vistas a la gran ciudad, del mundo paralelo al que estamos sometidos. Otra vez ese ajetreo constante que para mí no es otro que tranquilidad. Paz. De ideas difusas o más bien confusas. De histeria, de gritos ahí afuera. De pitillos ajustados, de cigarros ml apagados. Y el cenicero se llena, se sigue llenando. Más. Y parece que rebosa, que va a reventar de silbidos varios, de angustias encerradas en un cuerpo del que no sale.

Perder las ganas, el miedo, la tristeza, la melancolía. Sacar a flote la alegría y poder gritar que ya eres libre. Libre para decidir con qué acabar, cómo terminar. Terminar en exceso, en silencio y en reposo, con mil corazones rotos. Con mis sentimientos ahí fuera, volando de gota en gota, de pared contra pared, de sillón frente a sillón.

Dejar ir. Estar. Ser o no ser. Creer, apostar, ganar, luchar. Y otra vez vuelta a empezar. Las cientos de excusas que se han quedado en el camino, las miles de promesas que nunca nos concedimos. El instante en el que fuimos capaces de ser todo. Y esto… esto tan solo son cuatro palabras.

miércoles, 13 de junio de 2012

No estoy aquí porque huyo

Es un día raro. No como aquellos que me gustan. Un cielo ruin, lluvioso y con ruido. Mucho ruido. En mi cabeza, en las pisadas de este cuerpo recorriendo la casa. No trato de hacer una mera descripción de cuatro o cinco fotografías que tengo sobre mi mano porque roza ya lo absurdo.
Dije que volvería y aquí estoy. No encuentro mis lápices de colores y, quizá, tampoco esa barra de labios rosa que tanto me gustaba. ¡Ah, si, claro! La perdí aquel día en la discoteca. Esa noche en la que el alcohol fue mi único amigo cuando en realidad necesitaba cuatro besos y recibí catorce tragos amargos de algún tipo de bebida mala de marca blanca de supermercado.
Invierno. Ya pasó, y la primavera está llegando a su fin. He aprendido a ser mejor. Mido lo mismo que hace un año pero como persona he crecido. No trato de explicar todo lo malo que he vivido ni tampoco lo bueno que he experimentado. "¡Qué de bobadas juntas!", me digo. Otra vez estas frases sin sentido. Pero, lo siento, no lo puedo evitar. "no soy tú, sino yo". No puedo evitar recordar los trazos de un pasado de doscientos y pico días de lluvia y sol.
Quizá todo sería más fácil si ahora mismo estuviera caminando por la playa y la arena acariciase mis pies. Con el mar en los talones, escribí sobre ese lienzo un gran "te quiero" dibujado. No sirvió de nada. Se lo llevó la marea, como siempre. Lo borró el agua cristalina de las olas. No me importa, fotografié ese momento, ese lugar. Traté de que fuera eterno y, sin embargo, ya no sigue ahí. Simplemente queda el eterno recuerdo de mis pisadas, de mis dedos esbozando palabras.
Junio, frío junio de un año equivocado. No debí haber venido hasta aquí. Ahora, como siempre, huyo. "¡Vaya!-pienso- Por fin huimos los dos de lo mismo". Huimos del atardecer eterno en medio de un patio silencioso, de las tardes de jardín mientras el viento resopla en nuestras nucas, de los paseos que no llevan a ninguna parte. Huimos de todo, de nada. En realidad, huyo de ti y tú huyes de mí.

sábado, 28 de abril de 2012

Diario de una vida en Madrid. Excusas

Con cuántas personas me cruzo sin saber quiénes son. Los coches inquietos, las luces de los semáforos que no paran de parpadear.
¿Y si con una de estas personas estoy destinada a ser feliz, a hacerme un hueco aún mas grande en esta eterna ciudad?
Personas que tienen prisa, que la lluvia arruina sus planes y a mi me los embellece.
Otra parada de metro, pero esta vez no voy por el subsuelo. Voy pisando la tierra firme.
Calle virtudes. Las virtudes que cada persona deberia resaltar en sí misma, porque todos, aunque solo sepamos contar nuestros defectos, tenemos cientos de virtudes.
Otra vendedora ambulante que me para para que compre su periódico. "Lo siento, tengo prisa", le respondo. Para mí es solo otra de mis excusas, para ella es la excusa de siempre.
Camino por esta gran calle hacia abajo, es grande. Grande y espaciosa, no como en mi ciudad.
Adorar esta ciudad es poco, cada uno de sus movimientos, de sus bancos estáticos, de las personas que corren de un lado a otro sin saber a dónde van..adoro esta ciudad.
Aquí no tengo recuerdos pasados, solo recuerdos presentes.
Estoy llegando a mi destino pero no me quiero detener. Quiero seguir por estas calles y seguir conociendo la ciudad donde se cumplen todos mis sueños.
He conseguido poco a poco hacer esa canción mía, la que tantas veces pensé que no conseguía. Ya es mía.
Decido seguir a alguien, sus pasos, observar. En el semáforo me coloco a su lado y miro hacia otra parte.

jueves, 5 de abril de 2012

Que llueva mucho

Aún sigo siendo de las que cree que la lluvia es solo un pretexto para permanecer más tiempo anhelando el beso de quien va a tu lado. Una excusa para sentir su piel más cerca.
La lluvia es el motivo perfecto. Que llueva.