martes, 22 de noviembre de 2011

Los cinco sentidos de mi infancia (práctica)

La nostalgia me ha atrapado y he decidido abrir un viejo baúl ya olvidado. Para mi sorpresa, encuentro un traje de color plata, es un vestido que usé para bailar en unas fiestas del colegio. Rozo con mi mano suavemente su tela y es suave, delicada. Sus hilos son finos y, sin embargo, sigue intacto tras más de diez años doblado en el cajón.

Al levantar el vestido, no me he dado cuenta de que se han caído unos cuantos ''gomets'', esas pegatinas de múltiples tonalidades y diferentes figuras que ya no me acuerdo para qué se empleaban. Círculos rojos, cuadrados azules, estrellas amarillas y triángulos verdes me transportan a una esfera distinta, a ese antiguo universo de arcoiris y pegatinas de colores donde no había preocupación alguna y yo vestía uniforme azul marino.

Oigo el timbre e inmediatamente bajo corriendo las escaleras de mis recuerdos. Comienza a emerger en mi cabeza el griterío de los niños que están jugando en el patio. Y yo, como una más, me uno a ellos. Empiezo a correr de un lado a otro. A lo lejos, se oye la música de otras niñas que están bailando, pero yo decido seguir jugando.

Si salgo por la puerta pequeña del colegio, empiezo a olor ese dulce aroma de ''El Valenciano'', esa pastelería donde cada día tomaba mi napolitana de chocolate. Siento el chocolate caliente del bollo recién horneado fundiéndose en mi boca.
Me sorprendo comprobando que hay cosas que nunca cambiarán.

Vuelvo a ser pequeña y, por lo tanto, vuelvo a comprar esos cromos de los Simpson que si acercas tu nariz a ellos su olor es distinto. Hay unos que huelen a rosquillas, otros a hierba y otros a pizza. ¡Qué invento tan original!

Paso por delante de la mercería donde cada tarde llevaba a mi madre a comprarme distintas horquillas y diademas solo por tenerlas diferentes. El olor al entrar en esa vieja tienda es inconfundible y, aunque hayan pasado tantos años desde entonces, lo reconocería inmediatamente.
Es cerrado, viejo, pero huele a todos y cada uno de los botones, hilos, pendientes y gomas del pelo que sus cajitas encierran.
Al igual que mi memoria, que encierra selectivamente esos pequeños pero tan valiosos recuerdos.

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