martes, 24 de enero de 2012

Diario de una vida en Madrid. 8. Ceniza en mi habitación

Prendo el mechero. Lentamente la llama se eleva. El gas azul butano enciende mi cigarro.

Doy una calada al Marlboro que estaba escondido en el cajón. Inhalo todo el humo que va llenando por completo mi habitación.

Observo el cigarrillo. Lentamente se consume, poco a poco se termina.

Me recuerda a la vida. Una vaga llama que enciende nuestro ser para que comience a vivir. Pero irrespetuosamente, tras cada calada, se va consumiendo. Tratas de dar caladas más lentas, más profundas, que alarguen los momentos en los que tu cuerpo asimila las nuevas situaciones.

Tras una, llega otra, y así constantemente. Y llega un momento en el que la llama de tu cigarro se apaga para convertirse en colilla. Toda la ceniza esparcida en el cenicero son retazos, recuerdos de un cigarrillo más, de otro más que ha contribuido a hacer todo más intenso.

La vida es eso. Está llena de momentos en los que debemos darle una calada intensa a nuestro papel con tabaco, aprovechar la nicotina que lentamente se funde en nuestro cuerpo. Ese placer intenso de vivir, calada por calada, cada momento.

Con la gran diferencia de que una vida no se puede suplir con otro cigarrillo más.

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